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miércoles, 24 de octubre de 2012

Una vida observada… Antropología y Muerte (parte III-III)

 
con mi mamá de bebito
    
      Después de mucho tiempo de dejar inactivo este blog, he retomado la idea de volver a publicar, teniendo en cuenta que el escribir es un modo de dejar libre al espíritu para que así pueda aproximarse a la verdad, aunque nunca poseyéndola. Este tema de Antropología y Muerte ya ha sido tratado en las primeras entradas que alguna vez escribí en este blog; y muchos se preguntaran por mi insistencia en escribir sobre este tema, y la razón fundamental es que la muerte y la vida son dos temas que siempre me han preocupado existencialmente de modo muy profundo…y estoy seguro que a alguno de ustedes también les puede suceder lo mismo.
      Una de las razones por las que me he animado a escribir de nuevo tiene que ver con una experiencia personal dolorosa, que es la muerte de mi mamá, y considero, al igual que C.S. Lewis, que al observar la muerte  de alguien que amamos, descubrimos el sinsentido de la vida (experiencia que nos presenta al mundo como algo carente de sentido personal) y el temor a la muerte (que en este caso es el saber que hay una imposibilidad de más posibilidades de encuentro con el ser querido) como dos dinámicas que embargan nuestro ser y nos llevan a reformular nuestra existencia (Lewis, 1962; Yalom, 1980). Esta reformulación pasa –en mi caso- por volver a preguntarme cuál es el lugar del mundo en mi vida y si existe realmente una trascendencia real después de la muerte. Puede sonar a soberbia invertir los términos y haber puesto el “lugar del mundo en mi vida” en vez de mi lugar en el mundo, pero lo único cierto en mi propia experiencia es que soy yo el que me encuentro con el mundo y no viceversa.
      <<Yo no dimito de la vida, se me destituirá de ella>> (Unamuno, 1913) Estas palabras son producto de una persona en profunda angustia al enfrentarse a su finitud, y es que Don Miguel de Unamuno vivía cada momento con total conciencia de que moriría, lo cual no es un hecho fácil; ya que mirar de frente a la muerte es como mirar al sol… sólo puede soportarse un rato (Rochefoucauld, Máxima 26). Esto mismo le pasó a mi mamá, que en todo momento se mostró deseosa de luchar contra su organismo… esa estructura empírica que nos dice en cada instante que tenemos fecha de caducidad…
      Algo que por siempre quedará en mi memoria es el nunca rendirse de mi mamá, tanto al final de su vida como en cualquier etapa de ella. Este asirse a la existencia es algo que me ha marcado profundamente, ya que lo que más me ha quedado de mi mamá es que nunca hay que rendirse incluso cuando el mundo pareciera abofetearte. Ella sufrió mucho, pero también supo mirar la vida y el mundo con alegría y esperanza, deseosa de que las cosas fueran cada día mejores y esperando que su sueño de vernos felices se cumpliera sin tardar ni un solo instante.
      Mi mamá tuvo una real agonía, pero no en el sentido que ahora se le da a esta palabra, que ha adquirido una connotación negativa, de enfermedad… La verdadera agonía (agón) consiste en la lucha por permanecer, por desplegar el ser, por alcanzar eso que parece inalcanzable cuando todas las fuerzas desfallecen. El verdadero <<agonista>> es aquel que se esfuerza y supera sus propios límites, que no se deja vencer por las dificultades. Desde que tengo memoria mi mamá siempre veló por nosotros con cariño especial, estuvo fielmente cargando su cruz y sobretodo haciendo feliz en su caminar a mi hermana que tiene autismo, y si bien no todo fue fácil, siempre sabía cómo ponerle buena cara a la adversidad y sacar adelante a su hija que tanto la necesitaba. Lo lindo que es ver desplegarse a alguien con dificultades de desarrollo, es algo que sólo puede ser gozado por aquellos que tenemos experiencia de lo que es estar con alguien que es distinto por su propio modo de ser.
con mi mamá y karina
      Nunca fue algo fácil asumir la pérdida para nadie, pero creo que al final como bien dice Frankl, el yo del ser amado permanece presente incluso cuando el yo actual de dicha persona se encuentre ausente de modo temporal o permanente (como lo es en la muerte). La muerte es un hecho, o más bien un horizonte, donde se manifiesta el sentido o el sinsentido de la vida. Por un lado hay un conato por persistir (Spinoza, 1677), que se encuentra en lo profundo de cada uno. Este conato o tendencia hacia la persistencia surge –desde mi perspectiva- de la confrontación entre el proyecto inacabado que siempre somos, y el hecho ineludible de la muerte como último horizonte. Esta lucha –agón- por vencer esta dificultad imposible de ser derrotada, es lo que le da el temple a la vida… de la solución que se le de a este conflicto agónico dependerá la grandeza y el sentido de la propia vida… Y la verdad es que mi aprendizaje en este acompañamiento a mi mamá en su lucha contra el cáncer, es que siempre se puede mirar y transfigurar la propia perspectiva del sufrimiento…
      Hoy es el cumpleaños de mi mamá, que el 28 de Julio cerró los ojos a este mundo, y una de las cosas que siempre quedarán en mi memoria y marcadas en lo profundo de mi alma, es que efectivamente se puede ser feliz con los detalles de la vida, siendo sincero con los demás y siempre poniéndole una sonrisa a la dificultad. Sus últimas palabras hacia mí fueron: “Sé feliz y diviértete, que yo estaré bien”… Siempre se dice que no hay persona fallecida mala para los familiares, intentando con esto afirmar que en el fondo sólo se rescata lo bueno pero no se dice todo lo malo. Pero en el caso de mi madre, puedo afirmar que es de las pocas personas que se puede decir que efectivamente vivió una vida buena y que en las situaciones donde otras personas hubiesen entrado en depresión profunda, supo salir adelante dándose fuerzas con las pequeñas alegrías que le deparaba el día a día. Tuvo también muchas grandes felicidades, y cuando esto sucedía, era una persona que irradiaba su alegría y tranquilidad en los demás. Además por siempre le agradeceré haber sido la primera tutora en valores, principios y fe; y no es por ser hijo, sino por ser ella una gran persona que he visto en ella lo que en verdad significa santificarse y santificar la vida cotidiana en sus más pequeños detalles y desde la circunstancia que te toca vivir.
      Con esto ya termino este post, que es el primero que tiene este tenor tan personal. Espero que sirva también de ayuda para aquellos que tienen familiares con cáncer, porque al final, esa es una enfermedad que ataca no sólo a la persona, sino a la familia entera. Creo que escribir es la vía regia –por lo menos en mi caso- para hablar de sentimientos y razones. Y a la cuestión, aún no respondida de si existe trascendencia después de la muerte, yo creo firmemente que sí, pero no puedo saberlo a ciencia cierta, así que mi opción existencial es aferrarme a la vida y al proyecto que esta significa, y asumir con fortaleza y esperanza la confrontación con esa estructura empírica que clama por la muerte y que algún día nos destituirá de la existencia… pero siempre diré, al igual que lo hizo mi mamá: ¡yo no dimito de la vida!

martes, 5 de mayo de 2009

Antropología y Muerte (Parte II-III)




Esta es la segunda parte de mi post sobre antropología y muerte, espero que pueda ser comentado y ayude a profundizar ciertos temas que pienso que no han sido tratados con la rigurosidad necesaria en la actualidad. 

 

En filosofía y en psicología se le ha dado mucha importancia al querer, pero no se ha resaltado lo suficiente la relevancia antropológica que tiene el deseo. El deseo es un proceso complejo que, ligando la imaginación con la inteligencia, permite que cada persona pueda virtualmente trazarse diversas trayectorias que en su vida cotidiana no podría realizar efectivamente; y se diferencia del querer en que no es un acto que esté determinado directamente por la circunstancia temporal, lo cual posibilita que la actividad psíquica consciente no esté -en el caso del deseo- circunscrita a las limitaciones propias del aquí y ahora. 

 

Un ejemplo de la distinción que he mencionado sobre el querer y el deseo está en que -cuando deseamos- podemos vislumbrar imaginativamente diversas realizaciones del propio yo e incluso vivir virtualmente una determinada consecución de un bien particular y aprehenderlo en una experiencia interna de apropiación intencional. Es decir, mientras que en el querer se está limitado por los objetos que de alguna manera son asequibles a la circunstancia concreta del yo real del sujeto o incluso a los objetos del yo ideal (esto es, el yo que el sujeto quiere llegar a ser si logra conseguir sus metas); en el caso del deseo, la persona puede imaginarse realizando y actualizando potencialidades que no necesariamente posee en sí mismo, pero que de alguna manera son anhelados por la actividad psíquica inconsciente. 

 

En una antropología que se olvida del carácter fundacional del deseo en la existencia humana, es normal que como consecuencia lógica se deje de lado la radical apertura de la vida hacia el futuro; lo cual necesariamente opaca el tema de la ultimidades y de la pregunta humana básica de: ¿qué va a ser de mí? Si como estamos acostumbrados en la sociedad liberal occidental, se aparta del horizonte la vida buena en términos de verdad y bien, y se pasa a una sociedad de la absoluta tolerancia y de un pensamiento débil o una mera conversación (al modo del relativismo rortyano), ya no se podrá insertar en la vida cotidiana la religiosidad natural inherente a la naturaleza experiencial de la persona humana; ya que el relativismo y la falta de búsqueda por un absoluto aunque sea hipotético en materia de conocimiento, hace que las personas renuncien –incluso en el plano inconsciente- a relacionarse con lo trascendente vital –es decir, con aquello que sin tener certeza de su existencia, la persona descubre como necesario para su vida. 

 

El deseo, como ya dije, es un proceso que hunde sus raíces en la actividad psíquica inconsciente, y por ende está sujeto a la influencia de las pulsiones instintivas. La persona desea todo lo que le es apetecible de algún modo, pero al ser el deseo un acto de la persona como un todo, este proceso desiderativo se inscribe también en la potencialidad total de la vida. Es decir, en la medida en que el ser humano se descubre como un yo y se entiende como individuo, se le hace patente a su conciencia que su vida es su yo en acción –en su dinámica de encuentro con lo otro y consigo mismo- y por ende, le es inherente apetecer su propia existencia en cuanto que esa existencia es su yo actual. 

 

Es pues, dentro la línea de argumentación que he venido desarrollando, una conclusión que cae bajo su propio peso el postular que el deseo por permanecer siendo es el deseo por excelencia; puesto que es aquel que subyace a todos los demás, ya que, solo en la medida en que deseo seguir operando y actuando (esto es, seguir existiendo) es que puedo desear por ejemplo ser un astronauta. Desear ser un astronauta presupone que deseo poseer esa realidad posible de algún modo, pero esto sólo se entiende si está implícito mi búsqueda o apetencia de mi propio yo en acción. 

 

El deseo, para resumir, se define como un proceso complejo que integra la inteligencia, la imaginación y las pulsiones instintivas (es decir integra la actividad psíquica consciente con la inconsciente) en una posibilidad de realización de todo aquello que puede ser potencialmente parte de la vida del sujeto. Incluso lo que no es posible, como desear ser un caballo o poder teletransportarse puede ser deseado por un sujeto. La única condición para que el objeto sea deseado es que se relacione con la persona desde el futuro, ya que el deseo desde una perspectiva de la acción humana, consiste en la apetencia de aquello que no poseyéndose, puede ser realizado imaginativamente o en algún momento de la existencia. Cabe destacar que se puede desear tanto objetos o eventos pasados, presentes o futuros. Por ejemplo, yo podría desear haber aprendido a tocar piano en mi pasado, en el presente ser pianista amateur y en mi futuro ser el más grande concertista de la historia. Ahora bien, puedo desear realidades pasadas o presentes en la medida en que me posiciono imaginativamente en una perspectiva tal que tanto el presente como el pasado son vistos como realizables en mi futuro imaginativo (es en este horizonte que aparece la nostalgia y la frustración –estos puntos ya los trataré en otro post). 

 

Pero la total apertura desiderativa propia del sujeto humano hace que la posibilidad existencial de su muerte se vea como una pared a su proyección en la acción. Y esto permite que desde una perspectiva de la persona como un yo en acción, se plantee la posibilidad imaginativa de proyectarse incluso después de la muerte. La persona como proyecto es un ‘dato’ nunca acabado, y esto se evidencia en que una persona incluso cuando está con cáncer terminal sigue viviendo como si el siguiente segundo fuera una posibilidad de realización de una determinada acción. Esta contradicción entre lo finito de nuestra existencia -que se debe a su constitución empírica concreta-, con la apertura proyectiva propia del yo humano, hace que surja un deseo de inmortalidad implícito. Incluso un suicida cuando se mata lo hace porque ya no desea vivir, pero no la vida en general, sino, esta vida en concreto; por lo cual, su acción también se inscribe en un deseo de realizar proyectivamente su propio yo. Si a un suicida le dieran la oportunidad de cambiar radicalmente su circunstancia tal cual él la percibe, su acción se dirigiría a la posesión de su circunstancia y de su yo vital, y ya no a su propia muerte. 

 

Poseer es, desde mi perspectiva, un acto de hacer íntimo aquello que se presenta en primera instancia como un no-yo. ‘Íntimo’ es aquello que radica en mi vida y forma parte de mi circunstancia, es aquello que ya ha dejado de ser simplemente una realidad “objetiva” y ha pasado a ser una realidad en mí. Así pues también en el plano del deseo, existe el deseo como actividad inestructurada que se puede dirigir a cualquier objeto (ideal o real) y el deseo como actividad estructurada que se dirige a objetos ideales o reales que están en consonancia con el argumento o contenido biográfico de una persona en concreto. A este deseo que se inscribe ya en la vida concreta, y por ende es ya un deseo personal lo llamaré como Julián Marías una ilusión. Es la ilusión donde confluyen el querer y el desear, puesto que cuando algo ilusiona o se percibe como necesario para poder seguir siendo, no sólo se desea como posibilidad, sino que se desea como realidad, lo cual lleva a que el sujeto quiera poner los medios para alcanzar y realizar eso que él percibe como fundamento de su despliegue personal. 

 

En mi siguiente y último post de esta trilogía, profundizaré el tema de la ilusión y la muerte, y el problema ya enunciado aquí de la sociedad relativista junto con el problema antropológico que puede estar en la base de una cultura de valores que se basan en la tolerancia como piedra angular.

martes, 14 de abril de 2009

Deseo y ontología!!





El siguiente post expone mi manera de ver la ontología del ser humano, es decir, la manera como entiendo la estructura elemental del ser humano. Y lo escribí para aclarale unas dudas a Ricardo Milla que hizo un comentario a la primera parte de mi escrito sobre Antropología y Muerte. No se asusten si es muy técnico jaja, lo he hecho así para sentar el marco teórico de todas las afirmaciones que haga posteriormente. Obvio que en el camino puedo cambiar o mejorar ciertas cosas en mi punto de vista, pero bueno por el momento lo que expongo acá es mi pensamiento más personal.


De manera general te puedo decir que estoy de acuerdo con el viejo de Aristóteles en que una definición exhaustiva de un ser natural debe incluir el género y la especie; por lo que el ser humano puede definirse como un animal racional.


La especie se desliga del elemento determinante de un ser concreto que lo hace distinto de los demás seres que comparten el mismo género. En el caso de los hombres descubrimos que tiene 'sensibilia', por lo cual se inserta dentro del género animal; pero además caemos en la cuenta que es capaz de ajustarse a su entorno y a sí mismo a partir de un proceso cognitivo reflexivo, con lo que se encuentra que tiene una capacidad única llamada Intelecto o Logos por los antiguos, que por ser el rasgo distintivo del animal humano, es el elemento determinante de su especie.


Si se continúa con el análisis de la estructura ontológica de la persona humana, se hace necesario conocer la capacidad máxima que hace a un ser humano ser un ser inteligente. Ahora, si se pretende comprender una capacidad hay que seguir el camino ya otrora especificado por Aristóteles y Tomás, que consiste en la afirmación de que toda capacidad se define por su actividad y toda actividad por su objeto.


Ya que he mostrado que el ser humano es justamente humano por su logos o intelecto, ahora es necesario que analicemos el concepto de intelecto, para lo cual utilizaré el método de Aristóteles. El intelecto es una capacidad que tiene como actividad propia la aprehensión o la intelección de su objeto que es el ser.


Entonces, es a través de la inteligencia que el ser humano puede comprender su mundo y a sí mismo, y es por este rasgo que es una persona; ya que ser persona es ser un yo, es decir, un ente con capacidad de autoconsciencia y autoposesión.


Por otro lado, el poder conocer las cosas y a sí mismo hace que el ser humano pueda conocer el bien, esto es, aquello que en las cosas y en sí mismo encuentra como elementos que lo llevarán a perfeccionarse y a desplegar sus capacidades. Este conocimiento del bien en los seres hace que la persona humana se dirija a aquello que reconoce como bueno; por lo cual nos encontramos con una capacidad que consiste en la actividad de querer el bien.


Esta nueva capacidad de la que he hablado suele denominarse voluntad, y es según Tomás como un apetito propio de la razón ,y está subordinado al intelecto, en cuanto que se mueve por el bien conocido.


Ahora bien, continuando con un lenguaje tradicional, el hombre es un ser que existe, razón por la cual tiene su propio acto de ser (el acto de ser es la causa eficiente de la existencia de todas las cosas -es decir es el acto por el cual los seres son seres que existen), por lo cual le corresponde una manera única de desarrollar y madurar todos sus rasgos esenciales y accidentales.


El acto de ser al poner en acto a la esencia del ser, la hace existir; y es en el plano de la existencia que la persona humana ya constituida debe adecuarse a su entorno; para lo cual hace uso de sus recursos psicológicos y físicos, donde se destaca que el hombre se ajusta a su circunstancia anticipándose a lo que sucederá. Por eso en un análisis del ajuste del ser humano a su entorno, se destaca su orientación al futuro, ya que su inteligencia en acto lo lleva a predecir lo que sucederá de manera aproximativa para así saber a qué atenerse, en este sentido es que afirmo que la vida es futuriza.


El término 'futuriza' que utilizo para calificar a la vida, lo hago para destacar la radical orientación al futuro inherente a la estructura temporal de la existencia humana. Y si utilizo el sufijo -izo/a, lo hago porque en la lengua castellana este sufijo connota tendencia u orientación hacia algo (ej: cuando le decimos a alguien que es asustadizo, queremos decir que esa persona tiende usualmente a asustarse).

La importancia del deseo en la definición del hombre la pongo de manifiesto en el plano de la existencia actual, es decir en mi existencia aquí y ahora; ya que, el modo en el que yo me relaciono con mi entorno y conmigo mismo en cuanto persona (o sea, como individuo autoconsciente y que me autoposeo), es a través del deseo.


El deseo en un análisis meramente ontológico y analítico puede ser considerado en abstracto como 'algo' propio de la inteligencia. En cambio, en la existencia humana, en mi vida y en tu vida, el deseo es un proceso cognitivo complejo que ligando la imaginación con la inteligencia, permite al ser humano representarse diversos proyectos de vida que no necesariamente guardan relación con el bien descubierto en las cosas, pero ayudan a que el ser humano previva imaginativamente su relación con su entorno y no se limite a pensar en lo que quiere (ya que el querer está ligado con aquello que es factible alcanzar aquí y ahora).

Debido a que el deseo no se limita a los objetos reales, sino también a los irreales, es una actividad que está ligada a la estructura misma de la existencia humana, ya que mi vida y tu vida son estructuras abiertas y que si bien tienen limitaciones objetivas, son ilimitadas desde una perspectiva subjetiva si consideramos que la existencia per se es un proyecto nunca capaz de ser acabado.


El deseo es pues para mí lo que define la actividad que hace personal la existencia y dota de intimidad a la estructura temporal de la persona humana, debido a que la mueve a transformar su entorno y así hacer concreto lo que traza como representación anhelada en su conciencia. Este punto lo desarrollaré más adelante cuando termine de escribir y de investigar sobre el deseo. Pero adelanto que mi postura consiste en afirmar que la existencia humana es desiderativa por su naturaleza personal.

Este análisis de la existencia humana que he hecho, toma como base una ontología realista; pero al trascenderla se fundamenta en un análisis existencial de la vida humana que si bien toma en cuenta todos los elementos contitutivos del ser humano (su esencia y accidentes propios), lo hace desde la concreción de la vida diaria donde el ser actualmente existente se desenvuelve en relación con su entorno y consigo mismo.

Por último, es cierto que existen algunas personas que no quieren seguir siendo, pero incluso estas personas son capaces de proyectarse como perdurando en su propio ser; lo único que los diferencia es que en su juicio valorativo quieren la muerte porque la identifican con su bien o felicidad. Aún en este caso se ve la importancia del deseo, ya que en un estado de depresión crónica un paciente puede desear sentirse bien y vivir, pero ya no lo quiere porque percibe que no vale más la pena su propia vida.

Este post pone de manifiesto la ontología de la persona humana que defiendo en mi circunstancia actual, además que hace explícito el nivel de análisis en el que se mueve mi antropología.

jueves, 9 de abril de 2009

Antropología y Muerte (Parte I-III)




Unamuno comenta en su obra principal (El sentimiento trágico de la vida) que la vida humana está signada por la muerte y por la finitud, pero que aún así existe en el hombre un deseo de permanecer siendo, que lo lleva a rebelarse contra dicha finitud; y hasta tal punto es esto verdad para el escritor español que en una parte de su obra exclama: "Yo no dimito de la vida, sino que se me destituirá de ella!". Y es en esta frase donde se revela lo más íntimo del pensamiento de Unamuno, que consiste en la fundamental convicción de que el ser humano tiene una universal tendencia a la inmortalidad, o como él mismo lo postula, a no morir nunca del todo.

La realidad de la muerte y de los límites que determinan la capacidad de obrar humana son evidentes. Mas, por otro lado, como ya menciona Unamuno, existe en lo profundo de cada persona una tendencia constitutiva hacia la continuidad en el ser, que está enraizada en la vida humana misma y sirve de impulso que direcciona al ser humano a su autorrealización en una perspectiva de eternidad; es decir, lo lleva a entender su propia vida como un proyecto sin límites y con la potencialidad imaginativa de perdurar en su propia existencia.

Julián Marías en su Antropología Metafísica afirma: “Hasta tal punto es la mortalidad una determinación de la condición humana, que la palabra ‘mortal’ ha significado milenariamente hombre”. Y es que como bien dice Marías, “la mortalidad no es sólo que se puede morir, sino además que se tiene que morir”. Este tener que morir, es parte estructural del ser humano, por lo cual, es un dato con el cual el hombre tiene que contar para proyectarse en su vida si es que pretende vivir auténticamente. Pero este dato ‘esencial’ de la vida humana que es la muerte, no tiene sentido personal en sí mismo, puesto que propiamente no sabemos lo que es mi o tu muerte, ya que la muerte personal es algo con lo que sólo nos encontramos de manera indirecta en la muerte de los otros, y sólo podemos pre-vivirla biográficamente en nuestra imaginación.

Y esta pre-vivencia de la muerte se enmarca dentro de la estructura orientada al futuro de la vida humana. La vida es futuriza por su esencia, es decir, está orientada radicalmente a lo que sucederá, por eso, incluso cuando una persona recuerda su pasado lo hace desde su presente, y en tanto dicho recuerdo esté relacionado con su proyecto implícito de ser. Es por esto que todo ser humano, dentro de mi manera de ver el mundo, es un ser de expectativas. Y si se me permite definir a la persona humana, diría que es más un ser de deseos que de voluntad o de inteligencia; por lo cual, dentro de la antropología que defiendo, la voluntad y la inteligencia serían capacidades al servicio del deseo.